La maldición del gas parte de una parábola sencilla y muy boliviana. Esteban y Ernesto son hermanos sastres en El Alto: trabajadores, no ricos, con clientes ganados a pulso. Un día les llega la herencia de una tía olvidada, suficiente para vivir veinticinco años sin trabajar. Esteban gasta, se relaja, pierde el oficio y a los diez años está peor que al principio. Ernesto guarda, invierte solo los intereses en su taller y sale fortalecido, aunque su familia lo llame avaro.
La herencia, claro, es el gas.
Desde ahí el autor construye un argumento que va contra la corriente del optimismo extractivo: el ingreso que no cuesta esfuerzo tienta a la flojera, tanto a las personas como a los países. El texto recorre el caso de Holanda en los años sesenta, cuando el hallazgo de gas natural desplazó a la industria tradicional y terminó en recesión; el de Venezuela, con cien años de renta petrolera y una brecha entre ricos y pobres que nunca se cerró; y el de Noruega, donde un Consejo Autónomo e independiente del gobierno administra los ingresos del petróleo, obligando al Estado a financiar sus gastos corrientes con impuestos reales.
El corazón del minilibro, sin embargo, no está en el gas sino en los impuestos. El autor sostiene que la renta gasífera vuelve más difícil combatir la corrupción, precisamente porque desvincula al Estado de sus ciudadanos: cuando el dinero llega de afuera de la comunidad, nadie lo controla. Señala con nombre propio las excepciones que sostienen el sistema —el régimen simplificado, los grandes comerciantes, los productores agropecuarios que no tributan— y una paradoja que incomoda a todos: en Bolivia, quien tiene un camión y un chofer contratado paga lo mismo que el ciego que pide limosna; quien tiene seiscientas llamas paga lo mismo que la viuda con tres ovejas. Ninguno paga nada.
La propuesta final es exigente y deliberadamente impopular: explotar el gas solo para el consumo interno y los compromisos ya firmados, no exportar hasta reducir corrupción y desigualdad al promedio latinoamericano, industrializar, y crear un fondo autónomo blindado frente al gobierno de turno.
Y aun así, el texto no termina en el pesimismo. Frente al lamento del «pobre país rico», el autor propone otra frase: qué país tan rico, cuyos pobladores son ejemplo de trabajo y sus administradores ejemplo de compromiso.
Un minilibro para leer con lápiz en mano y discutir en voz alta.





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